Patricia A. García | Psicóloga especialista en liderazgo, trabajo y organizaciones
Burnout se ha convertido en una de esas palabras que utilizamos cada vez con más frecuencia para describir casi cualquier forma de malestar relacionado con el trabajo. Estamos cansados: burnout. Nos cuesta levantarnos para ir a trabajar: burnout. Hemos perdido la motivación: burnout. Sentimos ansiedad los domingos por la tarde: burnout.
Pero no todo malestar laboral es burnout.
Y distinguir qué nos está ocurriendo no es simplemente una cuestión de utilizar correctamente una palabra. Es importante porque detrás de síntomas aparentemente similares pueden existir problemas muy diferentes y, por tanto, también deberían ser diferentes las soluciones.
¿Qué es realmente el burnout?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el burnout como un fenómeno ocupacional derivado del estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado adecuadamente.
Se caracteriza principalmente por tres dimensiones: una sensación de agotamiento o falta de energía, un aumento del distanciamiento mental respecto al trabajo —que puede manifestarse mediante negativismo o cinismo— y una disminución de la sensación de eficacia profesional.
Es decir, el burnout no consiste simplemente en estar cansado después de una semana complicada. Es más complejo. Hablamos de un proceso de desgaste relacionado específicamente con el contexto laboral y que suele desarrollarse progresivamente cuando determinadas condiciones se mantienen durante demasiado tiempo.
El problema es que algunos de sus síntomas pueden parecerse mucho a los que aparecen en otras situaciones.
Estrés laboral: estar desbordado no significa necesariamente estar quemado
Podemos atravesar periodos de muchísimo estrés laboral sin estar experimentando burnout. Una acumulación de proyectos, una temporada especialmente intensa, falta de recursos o determinadas responsabilidades pueden hacer que sintamos que no llegamos a todo. Incluso podríamos llegar a decir, que todos vivimos momentos de estrés en nuestros trabajo aunque eso no signifique estar en burnout (no tampoco que sea saludable)
Cuando hay estrés aparece también cansancio, irritabilidad, dificultades para concentrarnos, problemas para desconectar o incluso alteraciones del sueño. ¿La diferencia? Podemos seguir sintiéndonos implicados con nuestro trabajo. Puede seguir gustándonos lo que hacemos y podemos recuperar nuestro estado habitual cuando disminuye la presión.
El estrés laboral mantenido en el tiempo puede contribuir al desarrollo de burnout, pero estrés y burnout no son sinónimos.
Desmotivación: cuando el problema no es que no puedas más, sino que ya no te importa
También podemos encontrarnos bien físicamente y, sin embargo, haber perdido completamente el interés por nuestro trabajo. Quizá llevamos años haciendo lo mismo. No existen posibilidades de crecimiento. Hemos dejado de sentirnos reconocidos. Ya no compartimos las decisiones de la empresa o simplemente nuestro trabajo ha dejado de tener el sentido que tenía antes.
Vamos, cumplimos y volvemos a casa.
Esto puede generar un profundo malestar profesional, pero estar desmotivado tampoco significa necesariamente estar quemado. En ocasiones, el problema no es la falta de energía para continuar, sino la falta de razones para querer hacerlo.
Boreout: cuando tener demasiado poco también desgasta
Existe además una realidad laboral de la que se habla bastante menos: el aburrimiento crónico en el trabajo. Personas con puestos muy por debajo de sus capacidades, tareas extremadamente repetitivas, poca responsabilidad, escasa autonomía o jornadas en las que apenas existe una carga real de trabajo. Desde fuera puede parecer incluso una situación privilegiada: cobrar sin tener demasiada presión. Sin embargo, sentirse permanentemente infrautilizado, no encontrar sentido a lo que hacemos o tener la percepción de estar desperdiciando nuestras capacidades también puede afectar al bienestar psicológico.
Es lo que habitualmente conocemos como boreout.
Porque no solo puede desgastarnos trabajar demasiado. También puede hacerlo pasar ocho horas al día sintiendo que nuestro trabajo no sirve para nada.
Importante distinguir entre boreout y desmotivación. La desmotivación tiene un enfoque más amplio: puedes estar desmotivado porque no te reconocen, no compartes el rumbo de la empresa, no tienes posibilidades de desarrollo, has perdido el sentido de lo que haces o estás desencantado con tu responsable. Y puedes tener, al mismo tiempo, muchísimo trabajo.
El boreout, en cambio, se asocia específicamente a situaciones de aburrimiento laboral persistente, falta de desafío, infrautilización de capacidades y/o escasez de tareas significativas. Una de sus consecuencias puede ser precisamente la desmotivación.
Ansiedad laboral: cuando el trabajo empieza a percibirse como una amenaza
Hay personas que no están agotadas ni desmotivadas, pero viven su trabajo en un estado prácticamente constante de alerta, de ansiedad. Miedo a equivocarse. Preocupación excesiva por determinadas reuniones. Necesidad de revisar continuamente el correo. Dificultad para dejar de pensar en problemas laborales cuando termina la jornada. Anticipación constante de posibles conflictos. O esa sensación que aparece el domingo por la tarde cuando empezamos a pensar en todo lo que puede ocurrir el lunes.
La ansiedad relacionada con el trabajo puede coexistir con el burnout, especialmente cuando se mantiene durante mucho tiempo, pero también puede aparecer de manera independiente.
Por eso conviene observar no solo cuánto cansancio sentimos, sino también qué pensamientos, emociones y situaciones están detrás de ese malestar.
Y sí, a veces el problema está en el entorno
Existe además una cuestión especialmente importante cuando hablamos de salud psicológica en el trabajo: no todo malestar debe explicarse buscando qué le ocurre a la persona. A veces conviene mirar también qué está ocurriendo a su alrededor.
Un liderazgo destructivo, una carga de trabajo sistemáticamente excesiva, la falta de autonomía, la ambigüedad sobre nuestras responsabilidades, los conflictos constantes, la ausencia de apoyo, la percepción de injusticia o determinadas dinámicas organizativas pueden deteriorar progresivamente nuestro bienestar.
Y aquí aparece uno de los riesgos de convertir el burnout en una explicación universal, porque es lo más sencillo, lo que está de moda. Podemos terminar individualizando problemas que, al menos en parte, tienen un origen organizacional y que hay que solventar desde la organización.
No siempre necesitamos aprender a gestionar mejor el estrés, ser más resilientes, meditar diez minutos al día o mejorar nuestra capacidad para desconectar, a veces, lo que necesitamos es modificar las condiciones que están generando ese estrés o decantarnos por otras vías que nos permitan vivir con más calma.
Entonces, ¿cómo sé qué me está pasando?
En la práctica, estas situaciones no aparecen siempre perfectamente separadas, es más, os diría que muchas de ellas conviven.
Podemos estar sometidos a mucho estrés y empezar a desmotivarnos. Podemos experimentar ansiedad durante meses y terminar profundamente agotados. Podemos encontrarnos en un entorno laboral deteriorado y desarrollar progresivamente síntomas compatibles con burnout.
Por eso resulta difícil reducir el malestar laboral a una etiqueta.
Más útil que preguntarnos inmediatamente «¿tengo burnout?» puede ser intentar comprender qué está ocurriendo.
¿Cuándo empezó el malestar? ¿Qué situaciones lo intensifican? ¿Desaparece cuando dejamos de trabajar? ¿Seguimos disfrutando de nuestro trabajo? ¿Nos sentimos agotados o fundamentalmente desmotivados? ¿Existe alguna situación concreta que nos genere ansiedad? ¿Cómo son nuestras condiciones laborales? ¿Ha cambiado nuestra relación con el trabajo durante los últimos meses?
Las respuestas pueden ayudarnos a comprender mejor dónde está el problema.
Ponerle el nombre correcto importa
No porque necesitemos una etiqueta para todo lo que nos ocurre, sino porque comprender el origen del problema permite intervenir sobre aquello que realmente lo está provocando. Recomendar descanso a una persona sometida durante meses a un liderazgo destructivo probablemente no solucionará el problema. Trabajar la motivación de alguien cuya carga laboral es objetivamente insostenible tampoco. Y decirle a una persona con ansiedad que simplemente necesita desconectar puede quedarse muy lejos de lo que realmente necesita.
El malestar laboral puede tener muchas caras. Estrés, ansiedad, desmotivación, aburrimiento, agotamiento, conflictos profesionales o burnout pueden compartir algunos síntomas y, además, aparecer simultáneamente.
Por eso quizá deberíamos dejar de preguntarnos tan rápidamente si estamos quemados y empezar por una pregunta mucho más útil:
¿Qué está haciendo que mi trabajo me haga sentir así?
Porque no todo malestar laboral es burnout. Pero todo malestar laboral que se mantiene en el tiempo merece que nos preguntemos qué lo está provocando.


